Para justificar la respuesta a esta intrigante pregunta, hay que considerar que el rock está moribundo desde hace décadas. Son pocos los estandartes que quedan vivos, vivos y fieles a su causa, a su sonido, a las ganas de conectar una guitarra y distorsionarla. Quizá este planteamiento lleve repitiéndose desde que se disolvió Led Zeppelin, y los rockeros a ultranza aseguran que no ha habido mejor música que la de su juventud. Yo podría decir lo mismo del Grunge, otros podrán defender el Glam, el Punk, el New Wave e incluso el Rock Pop. El punto es que siempre habían existido fórmulas y clanes para marcar a las generaciones.
Es triste que ya todo depende del número de seguidores, gente que en el papel no existe y que al momento de llenar un foro se mira tan vacío como un golpe de realidad. Grupos con 3 millones de reproducciones en el que uno de sus integrantes no puede pagarse un tratamiento médico. Proyectos construidos desde el vacío y la fama pasajera.
¿Qué ha pasado en la última década? Pareciera que el control ya está en manos de cualquiera, o de aquel que por azares del destino compró una interfaz, la conectó a su computadora y subió a internet lo mucho o poco que tenía que decir. Es abrumador el número de proyectos musicales a los que se tiene acceso, quizá son 80 o 100 millones de canciones circulando en la red, mismas que jamás tendría tiempo de escuchar.
Llegando a este punto ¿Por qué llegaron a mí los Dromedarios Mágicos? Debo aceptar que al escuchar el nombre, me imaginé algo hippie, psicodélico, con un buen teclado hammond. Pero no fue así, en su lugar encontré un joven pasado de peso, portando un suéter tejido y tocando la guitarra con mucho sentimiento. ¿Quién se encargó de encumbrarlo? ¿Son las letras? ¿Es la música?
Actualmente, la manera en que se consume la música ha generado una pérdida de criterio al momento de asimilar una nueva propuesta. Si el artista invirtió en su producción un peso o cientos de miles, al público no le importa, así como hacen suyo el video de un perro persiguiéndose la cola, también pueden catapultar a un hijo de vecino.
¿Qué pasó? El rock se devaluó y se diluyó entre los millones de likes irrelevantes con los que convivimos a diario. El rock se trataba de ser contestatario, de respetar un estilo, de crear un movimiento, no de entregarse al primero que se cuelga una guitarra y se graba con su celular.
¿Qué vale la pena entonces? ¿Aferrarse a una industria moribunda que tuvo que desenterrar el vinilo para salvarse? ¿Formar parte de los bufones de un timeline? ¿Competir con el meme de moda? ¿Resistirse o dejarse llevar por la corriente?
Lo malo no es que existan Los Dromedarios Mágicos, lo desolador es que con los años se vuelvan referentes y que las siguientes generaciones lo tomen como parámetro para darle continuidad a lo que quede de la "escena alternativa o emergente". Justo así, como un agujero negro que absorbe todo sin distinción, lo bueno y lo malo, hasta que los ukuleles y los devoradores de Nutella dominen el universo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Si me agarras el tiliche me pongo fetiche