Corría la mitad del año 2005 cuando padecí la fiebre myspace; mayspéis, mayespéis, máispeis como dicen los más letrados, aquellos que apoyan al mílan y al líverpool influenciados por el brillante Christian Martinoli; quizá en un golpe de suerte conocieron a mi hermano en su primera gran peda, cuando con voz jadeada y puberta repetía: Miren, estoy meando como mánguera de bómbero, la mánguera del bómbero.
En apariencia era el medio perfecto para desenterrar la música de los bellacos, grupo que alguna vez dominara la escena underground de lomas verdes (1999-2001) y que gracias a mi avidez musical se había integrado nuevamente al dominio público. Y cómo no entusiasmarme, si diario recibía peticiones de amistad, algo que nunca sucede en la vida real, o a poco vamos por la calle saludando y diciendo gracias por el adderezo (para ponerle chispa y sello propio a la conversación), no señor, pero así es el internet de vasto y bondadoso. En esa época conocí infinidad de grupos, chavas bien alivianadas (unas que se veían bien buenas gracias a la socorrida toma desde arriba, ese encuadre mágico que mata la gordura y los defectos), artistas de todos niveles y hartos fanseses de ocasión.
Bellacos subía como la espuma, espesa como la del mar de caletilla: natosa, sustanciosa, llena de parásitos y protozoarios. Quien iba a pensar que en ese tenor iba a llegar la luz, la catapulta, el transbordador que nos llevaría directo al estrellato. Que Live 8 ni que madres, esto si era en serio, y además por una hermosa causa, los niños de la calle, esas criaturas que limpian nuestros parabrisas sin esperar nada a cambio.
Música por la calle, 100 bandas, 10 escenarios, lo mejor del rock independiente
La convocatoria provenía de la dirección: www.myspace.com/colectivomexico. ¿Colectivo? como se llamaba al transporte público del área metropolitana en décadas pasadas, eso es asertividad chingá, la misma que probablemente definió al calendario azteca como foto de profile, puro amor a México, a huevo, con ese precedente dije ¡ya chingamos! ¡ya tenemos carretera! ¡hasta nunca venta de boletos para tocar!¡hasta nunca concursos fraudulentos de Sinahí Pantoja!¡Hasta nunca bares apestosos donde lo último que importa es la calidad de las bandas!¡Hasta nunca!
Seguramente Luis de Llano estaba detrás de esto, un pez gordo de la industria, algún visor de Gustavo Santaolalla, un cazatalentos de discos Denver o la mismísima Mary Boquitas queriéndose redimir con el público citadino. Para tristeza de algunos, no era ninguna de estas figuras, sino un chavo soñador como tú, como yo, como cualquier mente inquieta con una idea entre manos. Se autodenominaba "joven cabeza de arte", Art Head pa´ los cuates, derroche de buena onda y talento cobijado en tracks de distintas calidades que presumía haber grabado en su casa, con sus propias "manitas".
Los días transcurrieron con enormes expectativas, momentos de esperanza, ilusión y credulidad enganchaban y emocionaban a las bandas que de manera azarosa se topaban con el desmadrito. La seguridad con que Art head difundía el acontecimiento, me involucró en la publicidad casi al 100%, el supuesto patrocinio de la Sedesol y de algunas marcas importantes, me motivaron a diseñar el cartel oficial, que posiblemente sea lo mejor que quedó de esta experiencia.
Durante mi período de entusiasmo, tuve el gusto de conocer en persona al artífice de tan extraordinaria idea, no recuerdo con certeza nuestros diálogos, pero todo quedó registrado en 2 cubetas con cervezas que se esfumaron como vasos de agua, como las palabras que se desvanecieron al paso de los meses, y que, después de postergar la fecha más de 2 ocasiones, me quedó claro que "lo mejor del rock independiente" no iba a ningún lado; los bellacos nunca subirían a uno de esos 10 escenarios, ni convivirían con las otras 99 bandas; una lágrima cayó en mi bajo eléctrico, mientras el viento susurraba: "mitómano, mitómano, mi-tó-ma-no..."
Confieso abiertamente que me apendejé con muy poco, que como muchos grupos, esperaba la mano santa de algún productor. En este momento puedo concluir que no existen los cuentos de hadas, quizá la habilidad de hacer contactos, pero, al final, cada quien construye sus proyectos hasta donde la voluntad, el tiempo y los recursos lo permiten.
Dedico este relato a mi mejor amigo: Garage Band, el mejor realizador de maquetas que haya conocido.
Especial dedicatoria a la memoria de todos los rastrillos que perecieron al intentar profanar la barba más rockera y esponjosa de México, la de Heinrique de Barbón (Kique Jiménez, líder de Hein), quien sobrevive al día de hoy como uno de mis mejores amigos.
