24 de octubre de 2012

El vacío

Y despertó sin recordar nada, tenía los nudillos llenos de sangre, la buscó por toda la habitación, se había ido, entonces entró al baño a vomitar, y al enfrentarse a su reflejo juró que jamás volvería a buscarla. Alguien tocó la puerta con fuerza - ¡En 20 minutos se desocupa el cuarto! – Tomó sus cosas y regresó a casa.

Habían pasado 6 años desde aquel día, Silvia y Aurelio, una pareja joven había decidido festejar su aniversario en el Cervantino, llegaron sin planearlo, aprovecharon el bono que Aurelio recibió en su trabajo, Silvia a duras penas estudiaba y estaba cerca de graduarse como publicista. Después de buscar hospedaje todo el día encontraron una modesta posada en Juan Valle y Positos. Ahí un viejo malhumorado los atendió. - Güey, si no hay lugar nos vamos- murmuró Silvia.

- Por favor, no empieces, yo también estoy cansado - replicó Aurelio con molestia.
- Disculpe señor, buenas tardes, noches perdón -.
- ¡Ya está cerrado! - respondió el viejo picoteando su reloj.
- Mmmmm no quise molestarlo, ¿Tiene cuartos? -. Pues me queda ese del pasillo.
- Perfecto, no importa, solo estaremos unas horas.
- Mil gracias señor se va a ir al cielo – exclamó Silvia tirándole un beso.
- Que cielo ni que la chingada, paguen y tomen la llave-. El viejo estaba harto de recibir jóvenes, siempre le orinaban sus jardineras al regresar de la fiesta – siempre es lo mismo, siempre lo mismo – se alejó refunfuñando.

Silvia y Aurelio no tenían algo en mente, así que caminaron hasta llegar a un expendio al que le llamaban “El subterráneo”, su particularidad era encontrarse a desnivel, ahí los clientes se entretenían imaginando de quién eran los pies de los transeúntes.
– ¿Cómo ves Auri? ¿Ya aquí? preguntó Silvia con voz chiqueada.
- Los precios están bien, tengo un chingo de hambre – respondió Aurelio resignado. Tuvieron suerte de encontrar lugar, el local comenzó a llenarse, y al poco tiempo no cabía un alma. El ambiente era inigualable, el techo del lugar goteaba por el sudor y difícilmente se podía entablar una línea de conversación. En menos de una hora se pusieron demasiado ebrios.
- No mames, te lo debo todo, gracias güey, no mames, no mames, me estoy meando, pinche chela baja en chinga. - Pues córrele, ya quiero regresar a ponerle, a ver si le provocamos un infarto al viejito ese - respondió Aurelio dándole una nalgada. Silvia corrió a formarse al baño y una desconocida aprovechó para pedirle un cigarro a Aurelio.
- ¿De dónde eres? – preguntó ella en tono golpeado.
- Del D.F. ¿Y tú? -
- ¿De dónde parece que soy? - pues por los ojos, de los Altos de Jalisco.
- ¿Ah sí? ¿Te gustan mis ojos? - Entonces ella se tiró la cerveza que le quedaba en su blusa y lo invitó a beberla. - Anda, es tu día de suerte –
- Aguanta, vengo con mi novia – respondió Aurelio dando un paso atrás.

Silvia salió del baño y se percató, para cuando llegó a la mesa la chica se había ido.
- ¿Y esa perra qué? – preguntó Silvia enfurecida.
– No chingues, solo le me pidió un cigarro – respondió Aurelio intentando disipar la situación.
- Tú ni fumas, ¿Te gustó verdad? me caga que siempre hagas lo mismo.
Silvia disfrutaba del conflicto, parecía dotada con capacidad histriónica, le encantaba deformar las situaciones hasta lograr que le pidieran perdón. No era la primera vez que salía corriendo de un lugar por una escena de celos.

Aurelio se entretuvo pagando la cuenta e intentó buscarla, a unos metros se topó con una multitud que obstruyó su camino, todos coreaban a Bob Marley y se tomaban de las manos, el vocalista balbuceaba, Aurelio levantó la vista y ubicó a Silvia, estaba en primera fila contoneándose hasta que un tipo la besó. Aurelio se enfiló entre empujones hasta toparla de frente.

- ¿Qué crees que haces? – Aurelio la tomó violentamente del brazo.
- Es el desmadre güey, aliviánate, siente la música -
- No digas pendejadas – Aurelio la sacudió.
- Fue de piquito, qué pinche mamón eres – Silvia se soltó y siguió bailando cínicamente.

El tipo se alejó del forcejeo y les regaló unos ácidos a manera de compensación, Silvia puso un par en su lengua y con un beso se perdieron en el efecto.

Una mañana, Aurelio se encontró con Silvia en el estacionamiento de una plaza mientras prendía varios cigarros a la vez, las manos le temblaban y no podía sostener la mirada. Fue ahí donde se confirmaron los rumores de que su novio era "dealer" y que su padre había perdido el empleo.

Él la miraba sin querer hacerlo, intentó perder tiempo mirando su celular, pero fue inútil, Silvia seguía junto a su vehículo. Cuando por fin cruzaron palabra, se saludaron tibiamente y nunca se volvieron a ver.

Apesta

Dicen que soy un pintor mediocre. Nunca seguí las reglas. No pienso, solo improviso. La inspiración me parece un término absurdo. Siempre me...