12 de noviembre de 2020

Apesta

Dicen que soy un pintor mediocre. Nunca seguí las reglas. No pienso, solo improviso. La inspiración me parece un término absurdo. Siempre me gustó poner en evidencia a los profesores que basan su éxito en alguna musa. No idolatro a los clásicos, ni a los muertos ni a los vivos, mucho menos a los críticos que jamás han expuesto. Disfruto cuando destruyo mis obras antes de que ellos lo hagan, así les arrebato el gusto de canalizar su frustración. A raíz de esta práctica, he creado las composiciones más inverosímiles, con resultados dignos de cualquier autor de élite. Pero no soy como ellos, nunca lo seré, ahora solo pinto para mí. Este medio apesta.

10 de noviembre de 2020

Cromirimbos

Una tarde de verano, Cromi montaba un equino, porque los bisontes eran difíciles de domar debido a sus lomos protuberantes; él ya lo había intentado, por eso lo menciono, al darse cuenta de la poca ergonomía, y después de muchas caídas, optó por los ancestros de los caballos como su medio de transporte. Cabalgaba como saeta, el aire acariciaba su pecho peludo, su cara ancha, nariz estrecha y mandíbula robusta.

Se detuvo súbitamente porque su trasero no aguantó tanto zangoloteo, los pelos de sus nalgas se enredaron y se desprendían dolorosamente, ¡¿Qué hice para merecer esto?! Exclamó en el lenguaje de la época, que más o menos sonaría así: ¡Aghgggsnn ñññssshhgg agrrrgg aahghhg!

Con su lamento atrajo la atención de unos pránganas que no dudaron en abalanzarse para darle baje con la bestia. Mientras se arrancaba las últimas madejas del ano, Cromi suprimió el dolor y se puso en trance para volverse uno mismo con el animal, su danza era violenta pero efectiva, daban patadas en todas direcciones hasta que eliminaron a sus contrincantes.

Desde entonces, Cromi y su inseparable amigo son el azote de los malosos y abusivos, el justiciero del trasero liso, el precursor de la equitación con depilación, un servicio que actualmente sería el favorito de las estrellas de Hollywood.

Los vecinos

Ya no los aguantaba, todos los días era lo mismo. A las 5:35 a.m. comenzaban los azotes, los gritos, actuaban como si fueran los únicos. A través de los muros huecos escuchaba la vibración de sus celulares. Después venían los ataques de tos del viejo que tiraba las colillas de sus cigarros en mi jardín. Salían como a las seis y el estruendo regresaba con el noticiero de las diez. Recolecté colilla por colilla y las mezclé con mis sobras de comida para alimentar al perro que tenían amarrado en la azotea. Soporté 708 días bajo esa rutina, que no era mía pero se volvió una sola. No dormía, sentía que vivían conmigo. Aunque limpiaba todo, el olor no desaparecía. Lo decidí hasta el día 723, cuando abrieron la puerta, todos quedamos en silencio.

Apesta

Dicen que soy un pintor mediocre. Nunca seguí las reglas. No pienso, solo improviso. La inspiración me parece un término absurdo. Siempre me...