10 de noviembre de 2020

Los vecinos

Ya no los aguantaba, todos los días era lo mismo. A las 5:35 a.m. comenzaban los azotes, los gritos, actuaban como si fueran los únicos. A través de los muros huecos escuchaba la vibración de sus celulares. Después venían los ataques de tos del viejo que tiraba las colillas de sus cigarros en mi jardín. Salían como a las seis y el estruendo regresaba con el noticiero de las diez. Recolecté colilla por colilla y las mezclé con mis sobras de comida para alimentar al perro que tenían amarrado en la azotea. Soporté 708 días bajo esa rutina, que no era mía pero se volvió una sola. No dormía, sentía que vivían conmigo. Aunque limpiaba todo, el olor no desaparecía. Lo decidí hasta el día 723, cuando abrieron la puerta, todos quedamos en silencio.

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