Extraño cuando las cosas sucedían porque sí, espontáneas y efímeras
Desde la llegada de los “teléfonos inteligentes” el alarde ha sido la bandera de los que disfrutan "compartiendo" sus interesantes vidas a expensas de un probable vacío e infelicidad. Lo de hoy es la perfección, el éxito, los ascensos laborales, los viajes, lo restaurantes, los tragos, a quién sigo y con quién me junto. Detrás de cada foto grupal que se etiqueta en la red, hay dos o tres personas que no se soportan pero posan porque no tenían opción.
Digitalmente, me declaro muerto.
Por cuestiones laborales, conservo Facebook. Pese a que me esmero por generar contenido, a la masa le encanta la basura, así como escupirles la cara con su consentimiento.
Me cuesta lidiar con eventos tan banales como la graduación de un niño del kinder, la revelación del sexo de un bebé, el fin de semana en Cuernavaca, la entrega de anillos de compromiso en los escenarios más cursis y en las condiciones más ridículas, gente jurando amor cuando se sabe que el novio rentó unas putas en su último viaje, las idas a conciertos a grabar el setlist, los aniversarios de amistad, la selfie con mil filtros en el coche, porque obviamente todo debe tener una connotación relativa al poder adquisitivo, no es lo mismo postear desde un Chevy que de un Mercedes, no es lo mismo postear desde Antara que de un vagón del metro.
Las réplicas de todos estos comportamientos atizan la competencia de los grupos de amigos, donde los débiles de mente intentan mejorar la experiencia del baboso que lo hizo primero, porque este lo vio de otro zoquete, y así sucesivamente, creando una cadena de eventos carentes de originalidad. Ahí van, celebrando cada paso de su vida, saturando los servidores, consumiendo tanta energía que podría generarle luz a una comunidad necesitada.
A todo esto, sumemos los recordatorios que se activan cada año para señalar qué estabas haciendo y con quién, me parece un mecanismo cruel de degradación, porque si no has hecho nada con tu vida, la acción solo refrenda que sigues en el agujero.
A todo esto, sumemos los recordatorios que se activan cada año para señalar qué estabas haciendo y con quién, me parece un mecanismo cruel de degradación, porque si no has hecho nada con tu vida, la acción solo refrenda que sigues en el agujero.
Con toda esta tormenta, lo único que se me ocurre es edificar el monumento al fanfarrón, a la carencia de significados y al botón de silenciar.
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Si me agarras el tiliche me pongo fetiche